viernes, 17 de octubre de 2008

NO QUIERO NINGÚN TELEVISOR



El viejo Batman despertó antes de la hora acostumbrada. Sacó la mano del mosquitero y cogió el reloj de toda la vida, miró la hora y volvió a cerrar los ojos. En la cocina escuchó a su mujer colando café para servirle con tostada. La lluvia tamborileaba en el tejado de aluminio.
Se levantó sin aliento y fue a la cocina improvisada en la parte trasera del solar. De la viga, colgaban dos veraneras y una biflora, que daba frescura a la cocina; en la mesa del comedor había un viejo mantel y una cesta con bananos verdes.
-He soñado que te compraba un televisor a color -dijo Batman, a manera de buenos días.
-Raro, -dijo ella sin detener su labor -yo cuando soñaba lo hacía en blanco y negro. Bueno, debe ser un sueño agradable.
-A color o blanco y negro, -dijo el viejo, sin levantar la cabeza, -para mí soñar es desagradable. De todas maneras, algún día te voy a comprar un televisor a color.
Ella lo miró y ladeó la cabeza de un lado a otro. Cortó dos flores de la biflora y las puso sobre la mesa.
-Eso suena a remordimiento, a promesas incumplidas -dijo ella con resignación.
-Por dios bendito, mujer, te voy a comprar un televisor aunque sea lo último que haga, -reafirmó con determinación.
-No blasfemes hereje -dijo ella disgustada, -deja a mi diosito quieto que yo nunca te he pedido nada, menos ahora...
El viejo Batman bebió el último trago de tinto, cogió el morral con la vianda y salió sin despedirse. En la calle se sintió inútil, cansado. En su buena época había sido un hombre duro. Ningún obrero se le había igualado trabajando la forja. Había hecho maravillas con el hierro, la porra y el fuego. Los portales y verjas que encierran el Palacio Nacional, eran obra de su mano, él con un ayudante. Eso ya nadie lo recordaba. Los jóvenes trabajadores de la Calle de los Cerrajeros se burlaban y los camaradas de generación le tenían lástima. Ya no hay energía para hazañas, los tiempos han cambiado, le decían sus amigos, cuando por el influjo de un aguardiente, Batman fantaseaba como un joven fuerte. Olvídate hombre, le decían, ya pasó nuestra época. Batman no lo creía así. La situación estaba difícil, la forja había pasado de moda, pero cambiará, cambiará. Ya verán quien soy, pensaba, guardando esperanza.
Con la cabeza metida entre los hombros, llegó a su taller. Un señor lo esperaba sentado dentro de un carro.
-¿Es usted a quien le dicen Batman?, -preguntó el desconocido.
-Sí señor -respondió el viejo con humildad.
El hombre descendió. Miró dentro del local, sintiendo un fuerte olor a chatarra. Había una vieja fragua, un soldador destartalado, dos yunques y una mesa de hierro.
-Ya que lo han recomendado..., -dijo el hombre con desconfianza, colocando sobre la mesa una flor de hierro -queremos que nos haga dos mil figuras de éstas. -El viejo Batman la recogió, tanteó su peso y observó la bella flor con atención. Era una pieza cincelada con manos expertas.
-Sí señor, claro que puedo -dijo. No era fácil.
-Necesitamos doscientas figuras semanales. Si usted cumple la cuota, le seguimos dando trabajo. -Dijo con determinación.
-¿Doscientas? Es mucho...
-Es lo que exigimos, ni una menos.
-Está bien, acepto.
En la Calle de Cerrajeros la noticia se volvió apuesta. Vender el alma, por trabajo, era jodido. Los viejos camaradas le desearon buena suerte.
Fue difícil empezar. La varilla era de material pesado y el hierro estaba muy acerado, el carbón húmedo y lo peor, no sintió la fuerza de antaño. Como sea, iba ha salir adelante, estaba seguro. Trabajaba todo el día con el sólo descanso del almuerzo al mediodía, hasta las ocho de la noche, sumergido en el fuego, en su pensamiento. Siendo joven había perdido tiempo y derrochado las utilidades en pendejadas. No estaba arrepentido, ¿acaso era malo tomarse unos tragos, jugando zapo, con los amigos? Claro que no le había dado gusto a su vieja. Había preferido gastar el dinero con putas de bares, joder la vida sin pensar en el futuro. Mal tiempo para arrepintiese, pensó. Esa era su preocupación, remediar un poco su egoísmo. Ella tenía razón al decirle que lo acosaba el remordimiento. Como sea, soy un vergajo, pensaba, golpeando con furia el hierro y parecía no sentir el sudor que le bañaba el cuerpo, el agotamiento de sus músculos. Pensar le ayudaba a olvidar su impotencia física. Tenía que cascar el hierro sea como sea.
Su mujer no se alegró con el negocio. Sabía que su marido no estaba para esa guerra, era un testarudo. Pero no le dijo nada. Se limitó a ponerle parte de su almuerzo en la vianda de él. Fue a la tienda, y por unos cuadros de panela y una chuspa de limones, dejó en prenda su único tesoro, un cofre de plata, recuerdo de su madre que guardaba desde niña. Pensaba que dándole agua de panela con limón no se deshidrataría y obtendría algo de energía.
La primera semana pasó la prueba. El dinero ganado lo puso encima del nochero; pero la segunda empezó con la fragua dañada y un fuerte dolor lumbar. Al mediodía ya la había arreglado. Se tomó tres tinteros de aguardiente y arremetió con furia.
El décimo día, un miércoles por la noche, ya para terminar, sintió ganas de orinar y no pudo, se le jodió la próstata. El cuerpo bañado en sudor temblaba de cansancio, parecía que sus músculos se hubieran rebelado a seguir adelante; para reanimarse se tomó dos tinteros de aguardiente y cuando volvió a encender el motor de la fragua, escuchó algo parecido a un canto de sirena, después, estupefacto vió como el motor empezó a echar humo y un cortocircuito prendió la chispa que empezó a trepar por los desordenados cables podridos. Batman contempló el pequeño fuego como una araña gigante. Él no hizo nada. Los vecinos que se habían aglomerado en la puerta, lo vieron surgir de entre el humo, pisando sobre un cerro de flores de hierro. ¡Uurrraaa!, gritaron todos al unísono. En la espalda cargaba la marca de la derrota, como pordiosero pateado por una mula. Batman, Batman, gritaba la chusma, le has ganado la vida al Diablo, Ja-ja-ja. ¡Bravo! Batman.
A su mujer no dijo nada, pero no era necesario, ella lo conocía como la palma de su mano y lo trató como siempre lo hacía, como su héroe. El viejo Batman comió sin apetito y se acostó. Su mujer fue a la cocina, sacó un frasco con aceite de oliva y empezó a frotarle los pies, le cogió la mano y mientras le masajeaba los arrugados brazos le dijo:
-Mí viejo Batman, yo no quiero ningún televisor a color, yo únicamente te quiero a ti. -Pero el viejo Batman ya se había dormido.
Del libro: Como tinta de sangre en el paladar. Santiago de Cali 1999

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